domingo, 29 de junio de 2014

Recordar. Del latín re-cordis. Volver a pasar por el corazón.

Yo debía de tener unos quince años. Él era amigo de mi mejor amigo.
Escuchando música en una habitación con poca luz me cogió de la mano. Sonaba Earth, Wind and Fire. 
Creo que fue lo más cerca que estuvimos el uno del otro. Me devanaba los sesos pensando cómo podía decirle que me gustaba. Pero nunca saqué valor. Después me pareció que le gustaba una de mis amigas, quien por supuesto, no le hacía caso, o al menos, no el que se merecía.
Pasaron los años. En la universidad no frecuentábamos los mismos ambientes, a pesar de seguir teniendo algún amigo común. Besito por la calle. Alguna conversación a medias en un garito. Nomás.
Siempre me quedó la espinita de no haberle dicho que un batallón de mariposas revoloteaban en mi barriga cuando estaba cerca. Que había escuchado aquella canción hasta rayar la cinta. Que me gustaba su sonrisa y su timidez. Que inventaba teorías explicativas de por qué me había cogido de la mano aquella noche para después no volver a acercarse nunca más.
No volví a saber de él hasta hace un par de años. El Faisbuk, ese gran nexo de unión. Inicio de nuevos contactos. Ahora con otros ojos. Después de vivir mil vidas. 
Resultó que residía muy cerca de la casa de mi padre. Quedamos, pero no era el momento. Tampoco para mi. Tenían que confluir en fila india todos los astros del universo. Y no lo hicieron hasta hoy. 
Y nos vimos de nuevo. Y esta vez, con luz, nos cogimos de la mano para contarnos las batallas perdidas. Las guerras ganadas. Los sueños que se quedaron por el camino y los soles que lo iluminan. Y hablamos de Galeano. Del poder benefactor de los abrazos en los espíritus castigados. De la energía de la tierra. De las raíces. Hijos. Amores. Árboles. Educación. Muerte. Vida.
"Valiente" que le decía Ana a Oto. Así que hoy, con cuarenta y uno, tuve la sensata osadía de contarle lo que no me atreví cuando tenía dieciseis.  Y resultó que... hace veinticinco años yo también le gustaba. Pero no era el momento. Simplemente. Me gustó saber que las realidades tergiversadas por el paso de los años de las que hablaba Kundera, no habían sido tales. Ambos recordábamos lo mismo.
Alegría. Equilibrio. Siento que las piezas de mi puzzle poco a poco se van resituando. Van buscando huequecitos. Agradecimiento a la vida por haberlo puesto de nuevo en mi camino. Presiento que va a ser una grata compañía. Inteligencia, sensibilidad y simpatía son mezclas difíciles de encontrar.
Cualquiera sonsaca al destino para indagar que va a deparar. Tampoco quiero saberlo. Por lo pronto, planeamos para mi, un futuro cercano sin noches en vela. Con la seguridad que tiene el que siente que al final ha tomado el camino correcto.
Nos despedimos con mil abrazos. La mochila cargadita de sonrisas y buenos deseos. El firme propósito de vernos con más frecuencia. Palabra. Lo prometo.
Y en mi cabeza, ya con sienes plateadas, sonaba Gardel...


lunes, 12 de mayo de 2014

Disfraz

Nunca me ha importado demasiado la ropa. Hasta los veinte años (año arriba, año abajo), prácticamente todos mis vestidos me los hacía mi madre. Preciosos, por cierto. En esos días, cuando salía un sábado por la noche con el único NovioOficial que he tenido, incluso me ponía tacones y mis uñas iban pintadas con esmalte.
Pero después empecé en la universidad y según decía mi madre, me volví comunista. Los pocos tacones que calcé, se cambiaron por zapatos cómodos. Mis camisetas favoritas eran una que reivindicaba el 0'7 y otra sobre la insumisión. Supongo que empezaron a importarme más las ideas que el aspecto. Hasta el punto que aquel novio y yo, después de siete años, nos sentamos tranquilamente y decidimos dejarlo con la frase lapidaria de "nuestros caminos han cambiado de dirección, tú quieres ir a plantar florecitas al campo y yo quiero hacerme rico".
Supongo que realmente nunca he sido una hippy al uso. Pero durante muchos años lo normal ha sido verme casi a diario con camisetas pintadas con brujitas o duendes, pantalones vaqueros, calcetines de colores y siempresiempresiempre zapatos planos. La hippy light, me llamaba una compañera del trabajo; la bohemia, que decía otra.
El verano pasado algo cambió. Inexplicablemente. De repente un día me compré un vestido. Y otro, cuando fui a por unos zapatos cómodos, me vi comprando dos pares con tres centímetros de cuña. Hubo más vestidos en el verano. Pero es que además, otro día decidí que necesitaba ropa interior más linda, e incluso un día me vi preguntándole a una dependienta cómo se utilizaba un liguero de esos que se ponen en la cintura y me llevé uno rosa, otro gris, rojo, negro,... Y claro, tuve que comprar medias apropiadas porque en la vida me había puesto unas medias de medio muslo.
Recuerdo cuando en agosto, fui un día a desayunar con MiMasMejorAmigo, el que aguanta mis neuras mentales desde hace como ocho años, y casi ni me reconoce. Solo hacía tres meses que no nos veíamos...
Como todos los cambios que suceden despacito, uno no es consciente de verlos hasta mucho tiempo después. Así es como, hace poco, de repente me di cuenta de lo que había estado haciendo. Me había disfrazado de mujer. Así de simple y de retorcido al mismo tiempo. Creo que ha sido una forma inconsciente de que mi cerebro escuche a mi instinto. Ello vs. Súperyo. Si no me considero con el derecho de sentirme una mujer, tendré que creérmelo al ver mi imagen reflejada en el espejo. Camino inverso. Desde fuera hacia dentro.
En algún sitio me dijeron que era una forma de conectarme con mi diosa interior. De escucharme. No sé. Quizás sean los retazos de Venus o Afrodita que toda mujer lleva grabados en los genes. Pero más bien creo que ha sido un grito que cada vez era más fuerte y que me negaba a oir, de modo que ha acabado por salir de una forma impredecible.
Y una mañana, caminando hacia el trabajo, cuando aún había poco tráfico, entendí lo que decía Bebe. Porque los pasos suenan más fuertes y decididos cuando llevas tacones.

Bailarina
(aunque a veces sean prescindibles...)

viernes, 14 de marzo de 2014

Duelo, del latín "dolus", dolor.

Querida mami:
Hace ya dos años que me dejaste huérfana. Creo que nunca he sentido tanto dolor como aquel día. Era como si un centenar de cuchillos me desgarrara el alma. Cuando te fuiste estabámos juntas. Yo ya sabía lo que iba a pasar. Me lo habían explicado con claridad. Creía que lo tenía asumido y aceptado. El día antes te compré un precioso ramo de flores y te di las gracias por mi vida y por tu amor. El mismo ramo que después llevé hasta La Palma para poner sobre tu ataud.
Intenté que tuvieras el más tranquilo de los finales. Que hubiera paz. Y luz. No estar rodeada de desconocidos. Con los niños cerca.
Me dijeron que eso también me ayudaría a mi. Que mi proceso de duelo sería más fácil, porque había hecho todo lo posible para que tuvieras una muerte digna. Porque no se nos quedó nada por decir. Pero en algún sitio, en algún momento, no sé bien dónde... me engañaron.
Todos esos meses de peleas con médicos, de días y días de hospital, de salas de quimioterapia, de aprender a poner bolsas en el estoma para después tener que enseñar a las enfermeras de los centros de salud a cómo hacerlo para no hacer más daño a la piel, de decidir y pinchar dosis de Primperam, de Morfina, de hacer de médico, enfermera, psicóloga, hija, madre de un bebé y mujer trabajadora, todo en uno, de decididir que hacer cada día, cada minuto. De decidirlo todo. De decidirlo sola.
Y después de la soledad acompañada, la soledad plena. Solo salvada porque un pescadito tiraba de mi caña continuamente. Mi psicóloga dice que yo era la candidata perfecta para estar hipermedicada en una cama. No tanto por el dolor generado por tu pérdida sino por haberlo sufrido en soledad. El doliente necesita un apoyo para seguir adelante. Un hombro en el que llorar. Una mano que te agarre fuerte. Y yo no lo tuve.
Aún así fui pasando por todas y cada una de las etapas del duelo. Viviéndolas y superándolas una a una. Entendiendo mi dolor e intentando canalizarlo. Dos años de citas con la misma psicóloga que te asistió a ti. Que te conoció, te escuchó y te acompañó, desde la unidad de cuidados paliativos. Yo, que siempre había pensado que nunca podría ir a terapia porque conocía demasiado bien a donde me llevaban los caminos, me vi solo apoyada por ella. Con ella podía expresar mi rabia, mi ira, mi sentimiento de culpa, mi pena. Desde su punto de vista, mi proceso de duelo ha tenido una duración normal y un recorrido DeManual. Para los demás, al mes de haberte ido ya debía haberlo superado, lo contrario era regodearme en el dolor y creer ser más buena por ello, o incluso pensar que así te rendía un homenaje. Opiniones. Son libres. Pero nadie fue a buscar la suya o a indagar un poco para ver de que modo podrían ayudarme.
Negación. Ira. Negociación. Depresión. Aceptación.
Es cierto, negué la realidad. Durante más de un año ni siquiera pude quitar tu cepillo de dientes de mi baño y tus zapatillas siguen por aquí. De acuerdo, me enfadé con el mundo. Me sentía tremendamente culpable porque a pesar de hablar contigo a diario, no me detuve a escucharte antes. También intenté negociar con un ente superior y cuando me di cuenta de que la realidad es una... empecé a caer. Sí, hubo tristeza y soledad. Pero en algún momento y casi de forma imperceptible, remonté. Surgió la aceptación. Se impuso la vida. La esperanza. Las ganas de renacer. De convertirme en algo nuevo y mejor. Transformación. Entender que los que seguimos aquí lo hacemos por algo. Para quemar la vida con ganas. Con ilusión de despertar por las mañanas. Y me di cuenta que en mi vida, además de faltarme tú, me faltaban otras muchas cosas. Todas ellas necesarias. Necesarias, al menos, para mi.
Creo que este duelo ha sido realmente por dos pérdidas. La constatación de tu ausencia y de mi soledad.
Estos dos años han sido demasiado duros y no quiero volver de nuevo hacia atrás. Aunque duela, al final hay que aceptar que tanto las personas como las relaciones mueren, no porque queramos que ocurra, sino porque pasa sin más. Para que puedan nacer gentes y mundos nuevos. Es así.


"Por respirar, por confiar serena y volver a creer.
Por confiar, por respirar serena y saber esperar.
Renacerás. Será un regalo de tu propia fe.
Tu propia cuna a la que has de mecer, cantando en la alborada.
Renacerás. Si no te empeñas en querer sufrir.
Precioso tiempo tu vida ha de ser, preciosa perla rara.
Por respirar, por confiar de nuevo y volver a creer.
Por confiar, por respirar serena y saber esperar"
Manolo García, "Por respirar"

domingo, 2 de marzo de 2014

Mar de lágrimas

Esta semana tuvimos una tutoría con la maestra de Jorge. No estoy hablando de un espacio donde te digan que tu hijo pinta por dentro de las líneas marcadas en los dibujos o se sabe los números del uno al cien y es capaz de decirlos de carrerilla. No. Se trata de un tiempo para que papás y maestra intercambien información relevante para ambas partes sobre el día a día el niño. Cómo se relaciona. Sus juegos. Si se siente a gusto en el entorno en el que se mueve. Grados de confianza en sí mismo o en los demás. Sus centros de atención. Comportamiento en casa, en el cole, en el entorno cercano. Sueño. Alimentación. Las formas que tiene que de respuesta ante las situaciones de alegría, pena, estres,... Casi dos horas de rica conversación, de la cual ambas partes quedamos más que satisfechas.
De todo ello me quedo con dos cosas importantes. Una es la evolución brutal que ha tenido el dibujo de Jorge en los últimos dos meses. Pasando del garabateo a composiciones de casitas con figuras humanas (incluso con brazos!!!!), árboles, flores, sol,.... completitos completitos. Y tan interesantes como para coger El test de la Familia y echarse un rato sacando conclusiones. Pero lo que me dejó realmente impactada es que la maestra comentó que a Jorge le costaba sacar pa'fuera los enfados. Los demás niños se tiran por el suelo, pelean, discuten, lloran, pegan,... Y Jorge, cuando se cabrea de verdad, aprieta puños y dientes, pero no sabe exteriorizar. De modo que se tensa. Y probablemente ese día, cuando yo llegue, al llegar al coche se enfadará y llorará porque... tengo galletas de fresa y no de chocolate. Es lo que tiene la confianza.
Y es entonces cuando Adi cae en la cuenta... Ostras! pero si es igualito a mi!!! Peroperopero... por Tutatis!!!! Por qué diablos este niño ha ido a reproducir uno de mis peores defectos???
Hola. Me llamo Adi. Y soy altamente cerebral. TODAS mis decisiones las pienso. Las repienso. Valoro ventajas e incovenientes. Pienso hasta en cómo me voy a sentir si hago ésto o aquéllo. Y en las consecuencias a corto, medio y largo plazo. En cómo se van a sentir los demás (hasta el portero del edifico, si hace falta). Pero con el ligero matiz de que durante todo ese proceso me olvido de lo que YO siento. Y claro... así  me va. Con insomnio, pérdida de peso, contracturas musculares, humor variable,... Peeeeeeero siempre con buena cara. Lo más difícil del mundo mundial es verme a mi cabreada. Recuerdo todas y cada una de las Broncas que he tenido en mi vida y las puedo contar con los dedos de una mano y añadir que de esas, ninguna ha sido con una pareja sentimental.
Esta semana en varias ocasiones me han dicho que a veces es necesario dar un golpe en la mesa o pegar un grito. Exteriorizar el enfado. La importancia de ser más corazón y barriga, y menos cabeza.
Tengo que aprender a escuchar más lo que dice mi piel. A relajarme. A llorar con testigos. A gritar de enfado. Por mi. Por Jorge. Porque si yo no lo hago, él no aprenderá cómo hacerlo. El infravalorado poder del aprendizaje vicario.

De modo que, en medio de esta desazón, he intentado dejarme llevar y explicar una vez más, la causa de que me de golpes contra las paredes como una pelota vasca. Y me he encontrado con un movimiento sísmico que ha hecho amago de cubrir de piedras el caminito avanzado en el último año. Y se me ha tambaleado la seguridad que tenía. Y mi cabeza se ha llenado de pena y culpa.
Así que esta semana ha sido la de las lágrimas. Agua de la que provenimos y que purifica, que dicen siempre trae cosas nuevas. Lágrimas de rabia, pena y tristeza. Pero si algo han tenido de bueno, además del desahogo, es que han sido lágrimas compartidas. A algunos les ha pillado por sorpresa. Otros las esperaban. Y otros han tenido la suficiente delicadeza, o el valor, como para, a pesar de lo incómodo que pueda ser, cogerme la mano mientras me regalaban un espacio para contar y llorar. Y a lo largo de ese día, en mi mesa de trabajo, fueron surgiendo, como por arte de birlibirloque, señales de arropamiento. Un girasol. Unos caramelos. Una pequeña hada protectora. Un post it con una sonrisa. Una carta recordando la importancia de ser libres para expresar sentimientos.


Creo que ellos no lo saben. Pero el apoyo que me muestran los días en que no soy la alegría de la huerta, ni  llego cantando al trabajo o regalando sonrisas, es impagable.
Acompañar en el camino de la vida no es más que eso. Compartir los días azules es fácil. Malo es estar cuando el otro sufre. Y cogerle de la mano. Y ofrecer abrazos sin condición. Simplemente porque se sabe que lo realmente jodido es... sufrir en soledad.


"Puedes olvidar
Con quien has reído
Pero nunca olvidaras con quien has llorado"
Luis Pastor, Mar de lágrimas

sábado, 25 de enero de 2014

Mi amigo nocturno.

Tengo un amigo especial. El me acompaña por las noches. Debe ser que le caigo bien, porque cuando viene le cuesta irse. Hay épocas en que todas y cada una de las noches me acompaña hasta altas horas de la madrugada. Otras se deja ir. No me llama. Ni tengo noticias suyas. Pero en los días en que está conmigo... damos vueltas y vueltas como si bailáramos el más dulce de los vals. En la cama. Por la casa. Subimos y bajamos las escaleras. Leemos juntos. Navegamos por internet. Tejemos. Y ahí sigue. Esforzándose por poner resortitos en mis párpados para que sigan abiertos un minuto tras otro.
Yo repito el mantra de mi padre para las visitas pesadas. Aquel que dice "bueno, pues vamos a irnos que esta gente se querrá acostar". Pero hace oídos sordos. Como si la historia no fuera con él. Le preparo leche calentita con miel. Una infusión de rooibos. Nada.
Malo no es que venga. Malo es que no se quiera ir. Teniendo en cuenta que mi despertador suena todos los días a las seis. Pero peor aún es como hoy, que a pesar de que estuvo conmigo hasta las dos (y la noche anterior hasta las cuatro), hoy SABADO me ha tocado en la puerta de los sueños a las cinco. Ni soñar le dejan a uno. Hace frío. Bajo las mantas huele a calor. Cuando él no está, miro el reloj y por dentro sonrío pensando que voy a ronronear bajo las sábanas un par de horas más. Me duermo. Me despierto. Me vuelvo a dormir. Si está todo cambia. La cabeza se pone a desvariar. Da vueltas. Valora y revalora todas las acciones de mi banca personal. Las pone en alza. Las tira por los suelos. Como el más perfecto de los broker.
Me he convertido en fiel seguidora de El Larguero. Iker Jiménez me supera, pero hasta me cae bien Manolo Molés. Y Macarena Berlín... es casi como si fuera de la familia.
Me recomiendan que intente quitármelo de encima con flores de Bach o directamente con artillería pesada. Que le de Valium o Tranquimazin. Pero... ay... no puedo hacer eso. Que gano con sedarlo? Seguiría estando ahí, camuflado, pero latente. Es como si sacara el garrote vil e intentara aniquilalo sin tener un juicio justo.
En el trabajo, los amigos, la familia,... siempre hay alguien que no entiende cómo es que no pongo fin de forma drástica a esta situación, recurriendo por ejemplo, a un especialista en la materia. Incluso, hace unos meses, en el cole de Jorge, una mamá encantadora que me estaba escuchando hablar de mi acompañante nocturno me dijo que ella era coach y que podía ayudarme a ser consciente de cual era ElProblema para así asumirlo y que dejara de darme la lata. La cuestión es que yo sé cuál es ElProblema. Soy lo suficientemente introspectiva como para coger una linterna y mirar en qué punto está fallando la maquinaria. Y sé las razones intrínsecas que lo llevan a estar ahí, a mi vera. Y también sé porqué justamente ahora, cuando parecía que me estaba dando una tregua, ha vuelto.
Y lo peor es que soy plenamente consciente de que durante un tiempo, no se va a ir. 

Faroles


viernes, 24 de enero de 2014

Mendiga de abrazos.

Estoy malita. Ando con un resfriado herencia de mi cachorro. Que me tiene la garganta dolorida, los oidos taponados y un ojo hinchado.
Anoche me dijeron que lo que yo necesitaba eran mimos. Pero esa receta no la tengo en ninguno de mis libros de repostería. La busqué. Lo prometo. Pero no aparece.
Esta mañana en el trabajo me han dicho lo mismo. Curioso que en menos de 24 horas te repitan el mismo mensaje desde fuentes diferentes.
Y digo yo... igual es que se trata de algo que salta a la vista y no precisamente porque lleve un cartelito con lucecitas brillantes en la frente que pone NecesitoQueMeAchuchen. Hay gente que necesita que le demuestren afecto y otras para las que eso es prescindible. Me consta que para estas últimas, son más importantes los actos que las palabras o las demostraciones explícitas de cariño. Y no es que yo diga que no son relevantes, pero, en mi caso y a pesar de todo, me declaro oficialmente una GranDemandanteDeAfecto. Los que me conocen lo saben. Me gusta abrazar y que me correspondan con abrazos que hagan cosquillitas. La mayoría de la gente no lo entiende y sé que piensan "esta chica está como un cencerro... que pesadita que es...". Y se ponen tensos cuando notan que, por la causa que sea, llega el momento temido. O sientes que... un segundito está bien, pero después hay como un resorte que los echa pa'trás.
Así que, a pesar de haber pasado años llevando a la práctica la teoría de que los abrazos son tan importantes como respirar, reconozco que ha sido sumamente complicado encontrar en mi camino buenos abrazadores. De esos que te hacen sentir tan bien que no te apetece separarte, sino que casi... podrías quedarte a dormir de lo cómodo que se está. Ahí es donde para mi, radica la verdera riqueza de una persona. En su capacidad para transmitir durante unos segundos arco iris de colores, serenidad, amor, alegría o incluso tristeza... porque cuando otra persona te abraza y consigues sentirte casi como una extensión de su propio ser... es una carga de energía tal que no es comparable a casi nada en el mundo mundial. 
Y entonces, es cuando despegas los pies del suelo y simplemente... vuelas.




sábado, 11 de enero de 2014

La dieta infalible.

Y resulta que un día, así, sin más, empiezas a perder peso. No porque hagas la dieta milagrosa de la cebolla o del ajo puerro o del pimiento morrón. Ni porque hagas otro deporte más que LevantamientoDeNiñoDeCuatroAños. Sino porque tienes como hecho un nudo en la boca del estómago y solo baja lo justito. Al principio es de forma casi imperceptible. Pero poco a poco la ropa queda cada vez un poquito mayor. Hasta que llega un momento que te pesas y dices... "vaya... creo que no pesaba ésto desde que tenía quince años..." Y la verdad es que asusta un poco.

Pero entonces piensas... Y si ya puestos hago un cambio de vestuario? Y claro, son demasiados cambios juntos para unas mentes calenturientas... Así que es en ese momento cuando empiezas a escuchar comentarios al respecto. Todo sea dicho, de lo más variopintos.

Situación 1. 
Señor de la cuarta planta con el que nunca has cruzado más que un buenos días.
"Señorita... no debería usted seguir perdiendo peso. Como siga así cualquiera sabe a dónde puede ir a parar" (pero este señor sabía que yo existía?)

Situación 2. 
Todos los días en el desayuno. La compañera que insiste en compartir sus galletas conmigo porque considera que no como lo suficiente. Una segunda y tercera que no hacen más que sugerir día tras día que voy a enfermar, que me voy a volver transparente. Y una cuarta que no para de decir lo mona que estoy (para compensar)

Situación 3.
Almas bienintencionadas que se acercan a interesarse por mi estado de salud. O por el estado psíquico. O por el espiritual (realmente da igual). Para ver honestamente si pueden echar una mano y para que sea consciente de que puedo contar con ellas si lo necesito.

Situación 4.
Aquella individua (con la que mantengo una relación de justita cordialidad nomás) que me para una mañana y me suelta "quería decirte que el otro día te vi caminando por el pasillo y pensé... vaya con mi amiga Adi... que buenorra que se está poniendo... Estás estupenda con esos tacones y tus vestiditos nuevos" (no quiero leer entre líneas. No quiero. No... Ains...)

Situación 5.
La otra que así como quien no quiere la cosa sugiere que te has liado con un tío que está forrado. Porque uno no cambia porque sí.

Situación 6.
La mejor de todas. Toda aquella pandilla de cotillas que JAMAS se han preocupado por mi pero que darían un riñón o bien por conocer la dieta estrella o bien por enterarse de la causa de tanta desazón. Y encima tienen la osadía de preguntármelo a la cara (centradas en su propio ego y su curiosidad, sin tener el más mínimo tacto y sin considerar, por ejemplo, que pudiera tener algún tipo de enfermedad) Pues bien. Para esta absurda situación no menos que una absurda respuesta. Dicha haciendo pausas, poniendo cara de interesante, hablando bajito y mirando directamente a los ojos: "Sexo salvaje. Lo has probado? Deberías practicarlo más a menudo..."  Verdaderamente infalible.

Dieta dulce



jueves, 2 de enero de 2014

Zapatos nuevos.

Y me compré unos zapatos de tacón. Azules. Requetebonitos. Porque para recorrer caminos desconocidos es imprescindible tener zapatos nuevos.
Pensé que iba a marearme por la altura, pero descubrí que mantengo el equilibrio. Y hasta sé caminar derechita. Con la cabeza alta.
En el camino perdí diez kilos en alguna esquina. No sé bien dónde. La verdad. Supongo que igual que se fueron, volverán. O no. También se quedaron dormidas mis ganas de expresar. De escribir. De tejer. Pero recuperé un brillo distinto. Luz. Necesidad y ganas de renacer.
La mamá gallina escondida tras el Click y el TacTacTac, de repente se dio cuenta de que además de mamá era mujer. Y que el equilibrio es necesario. No se puede menospreciar uno en pos del otro, porque si no... surge el caos. Sentir, alineado con hacer y pensar.
Hice nuevos amigos. Consolidé amistades ya existentes en las que me he apoyado cuando todo era color hormiga. Pasé por semanas terribles y algunos días maravillosos. Gracias a todos los que me han mirado a los ojos y solo con eso me han ofrecido su abrazo.
Quise tomar decisiones. Algunas se dejaron. Otras no. Y ahí siguen. Esperando a una confluencia astral que ponga cada cosa en su sitio. Ahora toca fluir.
2013 se ha terminado. Menos mal. Bienvenido 2014. Has empezado bien. Espero que mis musas vuelvan contigo...

martes, 25 de junio de 2013

Rayas de colores para invocar al Rey Sol.


Rayitas III (3 años y 17 días)

La presentación oficial del éxito tejeril de la primavera-verano. Sin duda. Jorge está requetecontento con este jersey. Es perfecto para esta época en la que el calor sigue sin decidirse a llegar, pero mientras, tampoco hace un frío terrible. Además, los colores alegres animan el ambiente (que buena falta me hace)

Rayitas II (3 años y 17 días)

Está elaborado con el algodón de mi cesta en verano, vamos, el Natura Just Cotton de DMC. Qué tonos... mon dieu!!!

Rayitas 3

Colores: Ivory, Tournesol, Coral, Jade y Pistache. No os parece una combinación estupenda para los anocheceres del verano???



Rayitas I (3 años y 17 días)

El patrón de la revista Phildar Nº30, (Pitchoun) Printemps-Été 2010 (más en MiRav)

Rayitas 2

Aunque reconozco que ya me estoy empezando a cansar de tanta rayita, me parece que este jersey en particular es... perfecto!!!

Aviso para navegantes: por cierto, señores de DMC, sigo pensando que deberían tener en cuenta tanta publicidad gratuita que les hago.... :)

sábado, 15 de junio de 2013

Otoño en junio.

Los días están grises. Hoy llovió a raudales. Junio. El tiempo es un reflejo de mi ánimo. En algún sitio he dejado escondido el buen humor. He mirado en mis bolsillos y no está. Tampoco en el cajón de la mesilla. El pantalón de flores no sirvió para tapar todo lo que me ronronea por dentro. Serán las nubes. Serán.

El fin de semana pasado nos dimos un paseo por La Palma. Rapidito. Así, no más. Lo justo para añorarlo ahora. Echo de menos a mi familia. El vino. Las eternas charlas alrededor de la mesa grande de la cocina de mi hermana. Extraño la brisa bajando en cascada por la ladera de la montaña. El verde intenso de los árboles. Las piedras. Será la edad. Será.

La Brisa...
¿Sabes? El mundo no es más bonito que ésto...